domingo, 17 de marzo de 2013

El liberalismo, o la cárcel para los impacientes




Ideologías coloniales



Como enseñaba un ilustre español, “cuando en el año 1762 Jacobo Rousseau publicaba su Contrato Social, dejó de ser la verdad una realidad permanente de razón para convertirse en un capricho momentáneo de las papeletas de votación, decidiéndose en un abrir y cerrar de ojos cuestiones tales como si Dios existe o es una ficción, o si la Patria debe suicidarse porque el número así lo determina”.

Unos años antes, Voltaire el Sucio había expuesto, con menos tapujos que Rousseau, las bases reales de esta visión “filosófica” del mundo:  la relatividad de la moral.  “Moral”, para Voltaire, “es sólo lo que nos produce placer” (aunque ese ‘placer’ consista en cosas horribles como suicidarse, estudiar a Marx y Engels, o mirar televisión).

Ahora bien, esta ideología de pasarla-yo-bien-aunque-el-mundo-reviente tiene sus inconvenientes.  Porque si lo que a uno le causa placer es –por ejemplo- rapiñar a los transeúntes, y a los transeúntes les complace conservar sus bienes sin que se los quiten, y si ambas conductas –la del rapiñero y la del rapiñado —son igualmente legítimas para el sistema liberal (porque ambas complacen), el liberalismo es el sistema infalible de guerra de todos contra todos, y es, literalmente, inhumano, pues el homo sapiens es, por naturaleza, un animal social.

            Los liberales tuvieron que buscar una “solución”.

            La dio Hobbes.  ¿Cómo lograr –se pregunta Hobbes-- que la sociedad funcione en esta babel de individualismos?  Pues sometiendo a todos a la tiranía del Estado (el monstruo Leviathán, lo llama él con acierto). “Ley” es todo lo que manda el Gobierno, y el pueblo, a callar.  La ley no reposa sobre ninguna base moral, o, mejor dicho, “moral” es lo que dispone el mandamás. El pueblo, asustado por los efectos del libertinaje liberal, se resigna a servir al Estado-Monstruo, que le da seguridad.  Es el famoso “amansarse para vivir”.

            Esta solución brutal que describe Hobbes -- Individualismo à Guerra Social à Estado totalitario-- es totalmente lógica y revela en que acaban las melosas palabras libertarias del liberalismo. Pero a los creadores del sistema no les gustó tanta franqueza, temiendo una reacción de las personas cuerdas –las que admiten la necesidad de una autoridad justa y leyes que se basen en la Razón y no en el despotismo del gobernante.  Para evitar, pues, el enojo de la gente decente, entró en escena ese enfermo de cuerpo y alma llamado Rousseau[1] que intentó disfrazar con patrañas la sincera regla de Hobbes.

Vendiendo el Obelisco
            La “solución” de Rousseau es que los individuos entreguen libremente TODA su libertad, IRREVOCABLEMENTE, a un ente ficticio llamado Voluntad General, que los representa a todos.  Esa Voluntad General es el mismo Leviathán descripto por Hobbes, pero como ese ser imaginario supuestamente actúa “en nombre de todos” --admiremos la artimaña—su tiranía no es tiránica, porque emana de la voluntad de las propias víctimas, ¡y hasta los ayuda a ser libres y aprovechar sin estorbos los cenagosos placeres prometidos por Voltaire!

            [Pensándolo bien, tener que soportar al Leviathán sin maquillaje de Hobbes es menos cruel que tragar la píldora de Rousseau de que nosotros mismos, por nuestra “libre” voluntad, nos sometimos a una tiranía que nos “representa”, ganándonos así el derecho a ser esclavos orgullosos de nuestras cadenas, que serían la expresión tangible de nuestra libertad.  El hombre de Hobbes es esclavo.  El de Rousseau es esclavo y estúpido.]

            ¿Pero Rousseau es liberal o comunista?  Es liberal y comunista. El bello proyecto de realización del individuo-dios termina, por la vía de la Voluntad General, en el totalitarismo más despiadado.  Léase el notable estudio de Jacques Ploncard d’Assac, disponible en Internet.

            Esta enfermiza contradicción –según la cual para seguir siendo libre hay que perder la libertad -- no es la única incongruencia liberal.  En 1789, una asamblea emanada de la sangrienta Revolución de los Usureros (también conocida como Revolución Francesa) proclamaba los “Derechos del Hombre y del Ciudadano”, que se ha convertido en la religión de una humanidad atea.  Su artículo 2 “garantiza” derechos tales como libertad, propiedad, seguridad y resistencia a la opresión. Todos esos derechos se habían respetado en Francia sin alharaca y sin guillotina durante siglos, hasta que el infradotado Luis XVI, manipulado por las sociedades secretas, entregó el poder financiero del Estado a los agentes de Rotschild, que se dedicaron asiduamente a oprimir al pueblo para rebelarlo contra el trono, el altar y las corporaciones, que estorbaban a la banca en su designio de exprimir a los “individuos libres”.[2] [3]  Abatidas por la Revolución las verdaderas defensas de la libertad –la moral tradicional, los fueros locales, los gremios—las “garantías” previstas en las Declaraciones pasaron a valer menos que el papel en que estaban escritas.[4]

            Además, el aguafiestas Pancho Berra, a quien tampoco entusiasman las Declaraciones de Derechos, nos recuerda que quien reclama libertad proclama su condición de esclavo, porque la libertad es bien esencial a la condición humana.  Nadie le puede quitar la libertad interior al hombre aunque esté en Vorkuta, en el Concar, o en el liceo sufriendo el lavado de cerebro de los programas oficiales.

¿Qué impresión dejaron esas “Declaraciones” en el pueblo francés?  Algunos intelectuales cerebralmente muertos se dejaron embaucar por su excelencia.  Más sensato, el campesinado, expresión genuina de la Francia Eterna de San Luis y Carlomagno, se alzó contra la Mentira y el Crimen Institucionalizados, en el heroico movimiento de la Vendée, que los revolucionarios liberales tardaron una década en sofocar con tropas extranjeras.

Poco tardó, pues, el pueblo de Francia, supuesto beneficiario de la “Declaración”, en comprobar que la cosa no iba con él; que otras “verdades” de los padres del liberalismo se iban perfilando en la práctica, y que el pueblo “soberano” no tenía que meterse en política, porque eso de gobernar era tarea de la Criptocracia parasitaria, y no del pobrerío. Otros liberales (de la subespecie marxista), los tupamaros, calificaban al pueblo oriental como “el cascarriaje”, en perfecta sintonía con los adalides de la revolución plutocrática de 1789).

Y a través de la guillotina y la “leva en masa” –abusos que no había cometido ninguna monarquía pagana ni cristiana —la revolución liberal arrancó de cuajo el “derecho de resistencia a la opresión”.  En 1793 Robespierre se encargaría de recordárselo al pueblo con el argumento más convincente: el de que resistir a la Voluntad General que lo hacía “libre” era un delito que se pagaba con la vida.

Pero ¿no habíamos quedado en que la moral es la autorrealización individual irrestricta?

El régimen terrorista de Robespierre no lo entendía así, y como fiel seguidor de los principios rousseaunianos, en sólo cuatro meses hizo pagar con la guillotina a más de 12.000 individuos el haber confiado en la libertad liberal.

Esa incoherencia institucionalizada se propagó por el mundo como una especie de “derrame” tóxico, y como repugna al sentido común con que todo ser humano llega al mundo, sus agentes tuvieron que convertirla en un dogma -- la religión de la “Diosa Razón” (una especie de Leimanyá). 

El mundo está, pues, gobernado por “la Razón”. Pero, ¿cuál de todas las razones liberales? ¿La de Voltaire, la de Robespierre, la de Sanguinetti-Lacalle-Mujica, la de Mao?  El principio de autorrealización que el liberalismo pregonaba iba a chocar con la cambiante legalidad formal de cada momento, que la “voluntad general” podía cambiar a su antojo.  ¡Ay de los que discrepen con la “verdad” oficial del momento, porque los liberales, verbalmente tan tolerantes, tienen la mano pesada!  “¡No hay libertad para los enemigos de la libertad!”  es su lema.  O como enseñaba el liberal Domingo Faustino Sarmiento: “No ahorre sangre de gauchos: es lo único que tienen de seres humanos. ¡ese es un abono útil al país!”.  La hecatombe del pueblo paraguayo, precedida por el crimen de Paysandú; la guerra bacteriológica de los ingleses contra los pieles rojas[5], las carnicerías de Kemal Atatürk[6], el asesinato del Presidente ecuatoriano García Moreno y del Presidente oriental Idiarte Borda, las Guerras del Opio para obligar a China a importar  drogas en honor a la Libertad de Comercio, el exterminio de los iraquíes para “liberar” sus cadáveres, son apenas un puñado de ejemplos de la “verdad verdadera” de este sistema homicida.

Más de dos siglos han pasado de esta revolución contra natura, y sigue el mundo occidental sometido a la misma receta de bellas palabras e inocentes que mueren a millones.

El joven Siglo XXI, teñido de “tolerancia e igualdad”, no ha traído a los pueblos ningún alivio.  Por el contrario, el liberalismo se siente fuerte y ya no oculta su repulsivo rostro. Hoy sus ideólogos proclaman abiertamente la conveniencia de rebajar sueldos y jubilaciones, o hacer pagar a los indigentes en los hospitales públicos, y sus pensadores más “avanzados” aconsejan suprimir físicamente el “exceso” de población.  Es la hora de Hobbes con un Leviathán (Gobierno Mundial) que no oculta sus garras.

            No todos entienden lo que está sucediendo.  Por ejemplo los delincuentes.

En nuestro país es constante el aumento del número de procesados por delitos como narcotráfico, crímenes sexuales, homicidios y otros actos repudiables para la gente respetuosa de los principios morales que hacen a la naturaleza del ser humano, pero para el liberal fiel a sus ideas, el crimen es simplemente un “estilo de vida” más, una manera de buscar la felicidad tan aceptable como la del individuo que opta por el trabajo honesto.

Pero las hordas de narcos, criminales sexuales, delincuentes de guante blanco y demás ralea que se hacinan en los penales del Estado Liberal se preguntan angustiados: “¿No me habían inculcado que delinquir es una forma de autorrealización personal y que ningún principio moral es sagrado? ¿Por qué me han encerrado en este inmundo calabozo?”

Y tienen toda la razón.  Algunos incautos delincuentes seguramente regularon su conducta por  las declaraciones de juntavotos empingorotados en cargos presidenciales (J. Batlle y Mujica) y/o aspirantes a sucederlos en los goces del poder (Lacalle junior), de que legalizar las drogas y obligar al pueblo trabajador a subsidiar el vicio de los drogadictos es lo mejor para nuestra juventud.  Seguramente esos infelices criminales hicieron fe en la seriedad de las máximas autoridades oficiales del Uruguay; ungidas por la sacrosanta ley liberal del número, y delinquieron un poco antes de que esa legislación liberal marihuanófila fuera promulgada.  Son víctimas del almanaque.

Otros antisociales escucharon atentamente a los parlamentarios liberales hacer la apología del asesinato de niños (aborto), o al liberal Guillot, entonces Presidente de la Suprema Corte de Justicia, que también dictaminó, como jurisperito que era, que la legalización de las drogas es la solución a la drogadicción, omitiendo en su brumosa ideología algo que sabe cualquier iletrado: que la droga es la muerte del infeliz que se envicia y la muerte de civiles y policías víctimas de los crímenes cometidos por drogadictos y narcotraficantes.

El delito de ser impaciente

Nadie le explicó honestamente a esa población carcelaria, que la “verdad liberal” es una “verdad” inestable, y pasa a ser mentira y a ser punible cuando una nueva ley --una “nueva verdad”-- la sustituye.

Esos convictos gimen en celdas  infectas por Delito de Impaciencia. No tuvieron el tino de esperar unos meses o días hasta que prosperaran las iniciativas permisivas de los despenalizadores y sus monstruosos crímenes se convirtieran en actos “penalmente indiferentes”. 

La escoria social debería, pues, consultar asiduamente el Registro de Leyes para saber si “hoy” su afición a quedarse con lo ajeno o abusar del prójimo es lícita o ilícita, y esperar, por ejemplo para cometer actos de pedofilia, a que la norma liberal considere esa conducta como lícita y por lo tanto respetable, ética, democrática, y a sus autores dignos de protección legal contra los incivilizados individuos que temiendo por la seguridad de sus hijos puedan insultar a sus vecinos degenerados, ofendiendo así el “Orgullo Pedófilo”.  Porque si esa conducta es “despenalizada”, violar niños se convierte en un “estilo de vida” tan respetable como la conducta sexual normal y moral, y el padre de familia que exterioriza su indignación ante esos actos bestiales comete los crímenes de “pedofilofobia” u “odio al pedófilo” y “discriminación” contra quien realiza actos no sólo lícitos, sino ¡hasta honrosos![7]

Ante estas curiosas situaciones, los “intolerantes” --¡que la Diosa Razón los perdone!--  empiezan a sospechar que el liberalismo es una contradicción deliberada, inventada para engañar y someter a los pueblos.

Así como Robespierre hablaba de libertades cívicas y luego “decapitaba” (ideológica y físicamente) a quienes querían gozar de esas mismas libertades, así también el pueblo uruguayo tuvo que contemplar a un Guillot (no Guillotín) ponderando públicamente los beneficios de la legalización de las drogas, para que luego el mismo sistema liberal desde el Poder Ejecutivo reprimiera a los infelices que obrando según el criterio criminológico del Presidente de la Suprema Corte de Justicia terminaron convertidos en narcodependientes y/o narcotraficantes y carne de presidio simplemente por perpetrar los mismísimos actos que Guillot proclamó tolerables y cuya legalización sería un notable progreso para la República.

Las clases criminales tienen derecho de ser informadas de que el artículo 2 de los “Derechos del Hombre y del Ciudadano” fue para los liberales un frívolo capricho momentáneo.

Pero otros analistas rechazan la teoría del capricho, y observan que el liberalismo proclamó todos esos pomposos derechos mientras estaba en inferioridad de fuerzas ante una sociedad espiritualmente sana.  Y que habiendo logrado subvertir el poder político y corromper la sociedad se quitó la máscara, mandó al archivo las declaraciones de derechos y esgrimió el Gran Garrote, en medio del asombro de los liberales incautos, que son sólida mayoría entre los fieles de la iglesia liberal. 

En nuestros días abundan las pruebas de esta teoría.  Para masacrar pueblos ya ni hace falta invocar a la ONU: basta la fuerza bruta. 

            Culmina así el sórdido ciclo histórico del liberalismo.  Implorante de derechos hasta que los obtiene, luego priva de derechos a los no liberales. 

O como cantaba el italiano: “¡Libertà, libertà! / En quanto che commandate voi”.


[1] Este apóstol de la libertad, aunque hombre pudiente, metió a todos sus hijos en un asilo de huérfanos.
[2] Ver “Secret Societies and Subversive Movements”, el clásico de Nesta Webster.
[3] ¿Le suena, lector?  Estudie la actuación de los “economistas-bisagra” que manejan los resortes del poder gubernamental en el Uruguay y su política de “crecimiento macro” a costa del “pueblo micro”, impulsando así a la gente a votar, como reacción, al marxismo.
[4] En el Uruguay, por ejemplo, cada reforma constitucional nos trae más y más “derechos y garantías” palabreros y el pueblo cada vez vive peor.
[5] Según Discovery Channel, los ingleses les regalaban frazadas contaminadas de viruela, siendo éste el primer ejemplo de guerra bacteriológica en la historia.
[6] Impuso a sangre y el fuego un régimen ateo al pueblo turco, 99% religioso.
[7] No es ficción. El Partido del Aborto (alias Frente Amplio) “despenalizó” el infanticidio bajo el nombre de “Ley de SALUD (¡!) Reproductiva”.  En el manicomio institucionalizado, los infanticidas merecen una condecoración como Hipócrates, Carrel, Fleming o Morquio, pues matan niños para fomentar la salud pública (de los sobrevivientes).
 

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